(...)

- Hola, ¿vas a almorzar acá arriba?
- ...mmm, no creo estaba pensando ir a las Mercedes...
- Vale. Es que bueno, quería invitarte a tomarnos un café pero está bien.
- Bueno voy a ver si me da tiempo, tengo que hacer unas cosas, te llamo cuando esté llegando y bajas ¿te parece?.
- Sí está bien, nos vemos ahora.
- Chao un beso.

Al colgar el teléfono pensé que algo sucedía. Por la forma en como se despidió y lanzó ese "buen provecho" al aire, pues empezaron a venir interrogantes. No debí llamarla -reflexioné-, pero la ansiedad me estaba ahogando... ¡cuando aprenderás, necio!.

A los 15 minutos ella volvió. Me soprendí por supuesto y le pregunté qué había sucedido. - Nada, solo me dio flojera ir. Traje comida, ¿vienes a comer?. ¡Claro! - le respondí.

Luego estábamos sentados solos, en la pequeña cocina de la empresa. Por unos minutos hubo un silencio pesado, mientras movíamos los cubiertos y mirábamos cada quien a un punto diferente de la mesa, vacío e irrelevante.

- Y entonces, ¿Qué querías decirme?. Preguntó ella mientras yo validaba mi teoría: "no fue flojera... fue mi llamada".
- Bueno -di un rodeo- solo quería decirte que me van a hacer una oferta, la estoy esperando.
- Por mi no te preocupes, eso es decisión tuya... yo no te estoy pidiendo explicaciones...
- No son explicaciones, solo quería comentarte ¿sabes?.
- Está bien, yo te entiendo, eso pasa aquí y en Pekín, además ¿qué vas a hacer si te ofrecen 4 millones? ¡Tienes que irte! ¿sabes?... Yo soy muy práctica para muchas cosas, y uno tiene que ser racional...

Sus hermosos ojos azules, me miraban intensamente, como buscando detrás de mí, y yo por dentro sentía que el pecho se me explotaba, sentimientos encontrados y de nuevo, el eterno debate entre la razón y la pasión. ¿Por qué a mí? -pensé-.

- ¿4 millones?, no creo que me ofrezcan eso.
- Es un decir, me refiero a superar tu compensación actual.
- Claro, si hay una mejor oferta pues habrá que tomarla, pero yo lo que quiero que sepas es que yo no estaba buscando otras opciones.
- Aja...
- Simplemente, el otro día me llamaron a mi móvil y bueno, ya sabes si te tocan la puerta hay que ver al menos quién llama ¿no?.
- Sí, por supuesto. Lo que pasa es que me sorprendió mucho, como te comenté.

Mientras ella hablaba y me veía, yo soportaba su arrolladora mirada y deseaba poder decirle, que lo que más me dolía de mi posible salida de la empresa era dejarla, dejarla de ver como todas las mañanas. Alejarme del perfume que usa y de su sonrisa que me impulsa, de su afán por la perfección, de su "mandar", de su tono de voz al hablarme.

- Bueno, vamos a ver que sucede. Lo que tengo en mente es conversar acá en lo que tenga la otra oferta y negociar. Quiero que lo sepas.
- Ujum - respondió ella, bajando un poco la mirada.
- Con respecto a nuestra comunicación interna... pues ya sabes que no tengo problema en discutir las propuestas antes.
- Sí, yo lo que quiero es que mientras mejor nos comuniquemos, aumentaremos y mejoraremos los mensajes que damos hacia afuera. Tu eres comunicador al igual que yo, es muy importante que trabajemos en equipo. Yo no sé dar órdenes y no quiero tampoco darlas.
- Claro!. Para mí también es importante el trabajo en equipo y no tengo ningún problema con eso. Tu sabes que no. Yo no quiero que nos demos órdenes. Lo de ayer quizá fue que me apresuré en atender el requerimiento que bueno, sabes que no supe decodificar bien y como me sentí con respecto a eso... Pero te reitero que podemos mejorar, estoy dispuesto a eso.
- Que bueno! soy feliz!. -dijo aliviada por mis comentarios-.

Y su hermoso rostro cambió. Justo cuando estábamos en plena conversación entró Gloribel y se cortó el mini-ambiente que teníamos. Acabábamos de resolver una mini-situación laboral y nos sentíamos felices, lo pude palpar, como si hubiéramos vuelto a ser los que éramos 48 horas antes. Yo quise continuar, pero entonces ella me hizo seña con sus ojos y cambié el tema, para evitar que los terceros que se incorporaban a la cocina, nos escucharan.

Mientras yo, pensaba nuevamente en sí estaba ilusionado (solo) con ella, en la ansiedad que me producía irme y no verla más (o no tan seguido), y que tal vez sería mejor partir de allí, con la remota esperanza de poder decirle sin trabas, sin conversaciones restringidas, lo que mi alma pide a gritos que le exprese.

(...)