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Terra
La Coctelera

Categoría: Panchito

Panchito, cuento V

Regularmente me aburro de la televisión. Bueno, salvo si hay alguna peli de acción de estas al estilo Arma Mortal o yendo hacia el otro extremo, uno de esos films de cultura; que suelen ser muy pocos a decir verdad, pero que ayudan a desprender un poco el tedio de las noches en las que el sueño no hace bien su trabajo.

Pero, cuando no hay pelis que ver y la caja mágica es cada vez más vacía, recurro inevitablemente a la lectura de un buen libro. Ese eterno compañero de soledades condenatorias que sustituye a la novia que no tengo, que hace la suplencia de la esposa tierna que no llega aún al guión irregular de mi vida. Un buen libro que, hace el papel del chamo inquieto que no se quiere dormir y se dedica a pegar saltos sobre mi cama. Un libro, amarillento o recién editado. Grueso o delgado, que acompaña mi melancolía mientras, la noche de un lunes común y corriente, se adormece serena en la capital del Caribe.

Así estaba, metido en la segunda parte del viaje de mi lectura cuando la voz de ese héroe diminuto; irrumpió como un rayo en la oscuridad, agitando mí “adorada” calma nocturna…

Panchito, Cuento V
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Panchito, cuento IV

Era una tarde de abril. Hacía calor, el sol golpeaba inclemente pero se escondía arriba en lo alto del cielo, lo que daba un ambiente un poco sepia como si además de mis ganas, los colores se hubieran gastado de tanto lavarse. Pero había viento, que soplaba fuerte.

Decidí aventurarme, dejar la monotonía y el miedo a un lado e intentarlo. La idea tenía dándome vueltas en la mente desde hacía semanas, cuando un extraño paquete llegó a mis manos enviado por Panchito. Sin dirección de remitente y de paradero desconocido. En el bulto recibido venían: una braga color pardo, también gastada; una bufanda color crema, unas botas de cuero ya usadas y una pequeña libreta de bolsillo. En ella podía leerse un enigmático mensaje: “¡Es hora de volar mi Capitán!”, luego señalada con una flecha estaba la dirección de un viejo aeropuerto a las afueras de la ciudad.

Panchito, Cuento IV
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Panchito, cuento III

Había sido uno de esos días de trabajo en el que solo deseas salir corriendo a casa. Por los pasillos de la oficina únicamente se oía el aire acondicionado y, bien entrada la noche decidí apagar el PC y dejar la lucha por sobrevivir en el sistema para la mañana siguiente. Antes de llegar a la casa hubo una parada...

-¡Buenas noches Filipo!- dije con mi aspecto de encorbatado empresarial.
-¡Buona notte! – respondió secamente el viejo italiano, mientras preparaba una hamburguesa.

Filipo es un viejo italiano que, según dicen los asiduos de su puesto, lleva al menos treinta años preparando hamburguesas y perros calientes con una sazón muy especial. Sus “Perros” (hotdogs) solo llevan cebolla, repollo y las tres salsas. Sus muy cotizadas hamburguesas están preparadas con los mismos ingredientes anteriores solo que, la carne tiene un toque especial (algún extraño condimento siciliano) que hace que al comerte una, desees repetir y repetir, repetir... para el magnífico beneficio del bolsillo de Don Filipo.

Para pasar sus delicias gastronómicas, el amigo Filipo, ofrece solamente Jugo de Piña el cual debes servirte tu mismo tomándolo del viejo termo anaranjado, así que el que vaya buscando coca-cola u otras marcas de refrescos, pues sencillamente se ha equivocado de “Perrero”.

Hay noches en las que suelo ir a visitar a Filipo. Con el afán del cliente fiel y deseoso de poder al menos degustar un par de buenas hamburguesas al estilo Filipex’s, es también una especie de terapia en la que pienso y reflexiono sobre los avatares de la vida en general, mientras coloco una buena cantidad de picante siciliano cuidadosamente preparado y vertido en el mismo pote de siempre.

Estaba yo esa noche entonces, un poco agotado por el día y, en el proceso de despeje de mi mente viendo como el siciliano ya bastante calvo, preparaba perros y hamburguesas a las demás personas...

Panchito Cuento III
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Panchito, cuento II

Intento escribir. Hago garabatos en el papel pero la verdad es que estoy demasiado desconcentrado, pienso y pienso, me pierdo a lo lejos y la palabra se acumula en la garganta, cuando de pronto, un avión metálico da contra mi cabeza y me saca bruscamente de mis adentros...

-¡ja! ¡ja! ¡ja! –Ríe a carcajada suelta el intrépido Panchito, ¡piloto del Spitfire!- ¡He dado en el blanco don Emilio!

Yo, un poco nublado por el tremendo golpe recibido en toda la sien, apenas y me recuperé para responder:

-¡ah! El Don Panchito piloto... ¡casi me matas del susto!... y del golpe! -murmuré-.
-Es que te vi un poco distraído Capitán, –dijo- un piloto no puede darse esos lujos, o podría costarle la caída en combate.
-...mmm sí ¿no? –dije mirando al chamo mientras recogía su avión del suelo-

El pequeño se me acercó y con su manita, acarició justo donde el avioncito me había dado y a manera de sermón dijo:

-Perdóname Emilito, no quise lastimarte. Eso es para que sepas que a veces la vida nos da duro con sus golpes, pero debes recordar... ó aprender a levantarte luego de cada uno de ellos, con el tiempo podrás verlos venir y dar maniobra evasiva para salir airoso de cualquier embate enemigo.

Me quedé en silencio una vez más ante la sabiduría de este niño-luz, y en parte avergonzado de estar a mis años recibiendo sermones, tan sencillos pero tan trascendentales.

Panchito, Cuento II
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Panchito

Estoy frente al PC. Divago en pensamientos distantes y de pronto, un pequeño ser jala la manga de mi camisa y sonríe.

Yo me asombro de ver aquel niño en esta oficina tan fría y asomo el rostro un poco por encima del monitor para buscar a su mamá o su papá, pienso que ha de ser el hijo de algún compañero(a) de trabajo. Chequeo la hora en mi muñeca, pero es muy tarde ya y casi no hay nadie en la compañía, es más estoy solo. Me volteo hacia el niño y le pregunto:

-¿Y tú cómo te llamas chamo?

-Panchito –responde- sosteniendo con sus manos un avioncito de juguete como de colección y, ocultándolo un poco tras de sí.

Yo miro de nuevo el monitor, por si alguna novedad y vuelvo hacia el infante:

-¡aja! Don Pancho –digo con voz señorial- y ¿dónde está tu mamá y tu papá?.

Esta vez el pequeño sonríe pícaramente, me parece conocida la sonrisa(?) y, soltando su mano derecha en la que sujetaba el pequeño avión, hace el gesto típico infantil y dice:

-¡No sé!. ¿Tu no los has visto?.

-¡No! –dije- seguro que andan por aquí cerca, dame un segundo y averiguo.

Entonces salí de la oficina y no vi a nadie en el pasillo, inclusive todas los despachos vecinos ya tenían las luces apagadas, me acerqué a la recepción pero la chica hablaba por teléfono con alguien y no supo entender de qué niño le hablaba.

Panchito cuento I

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