Regularmente me aburro de la televisión. Bueno, salvo si hay alguna peli de acción de estas al estilo Arma Mortal o yendo hacia el otro extremo, uno de esos films de cultura; que suelen ser muy pocos a decir verdad, pero que ayudan a desprender un poco el tedio de las noches en las que el sueño no hace bien su trabajo.
Pero, cuando no hay pelis que ver y la caja mágica es cada vez más vacía, recurro inevitablemente a la lectura de un buen libro. Ese eterno compañero de soledades condenatorias que sustituye a la novia que no tengo, que hace la suplencia de la esposa tierna que no llega aún al guión irregular de mi vida. Un buen libro que, hace el papel del chamo inquieto que no se quiere dormir y se dedica a pegar saltos sobre mi cama. Un libro, amarillento o recién editado. Grueso o delgado, que acompaña mi melancolía mientras, la noche de un lunes común y corriente, se adormece serena en la capital del Caribe.
Así estaba, metido en la segunda parte del viaje de mi lectura cuando la voz de ese héroe diminuto; irrumpió como un rayo en la oscuridad, agitando mí “adorada” calma nocturna…
Panchito, Cuento V
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